Esta Navidad he visto un video especial, una recopilación de cintas en super8 que resumía quizá la época más feliz de una persona, esa de la inconsciencia y la casa llena de gente o mejor cuando no le falta nadie.
Salen muchas escenas de nieve, grandes nevadas y mucha diversión cuando Boñar era un pueblo mucha más humano, sin aceras, sin supermercados, sin centro de salud, pero el caso es que con mucha gente que compraba de todo en tiendas de todo tipo y era atendida por médicos, matronas y practicantes igualmente.
Ahora no me gusta la nieve, solo un instante cuando veo todas las calles cuajadas de ella, pero ya está.
Sigo pensando en vivir en el sol y como poder visitar a la nieve de vez en cuando y no al revés.
Pues sí que el sol me fué bien. El sol y el descanso, claro. El descanso, el sol y la oportunidad de fijarme en la cantidad de posibilidades de alteración de sentidos que uno siente en un solo dia.
En el corto trayecto que separa Boñar de Gijón ,en solo unas horas, la visión es infinita, tan grande como seamos capaces de dimensionarla. El mismo viaje otras veces no me pareció tan interesante como el sábado. Lo que realmente era una excursión con César al Acuario, tuvo esta vez otras connotaciones. Al final del día, además de establecer multitud de dicotomías, sobre el estado de las lilas allí y en Voznuevo, sobre el sol en el alto del Puerto y en Boñar, sobre el viento a la orilla del mar y a la orilla del Pantano, sobre la comida, etc..., la sensación alrededor de una mesa después de encontrarnos con nuestros amigos fué de un buen dia a pesar del incesante dolor del que ahora también me doy cuenta.
Cuando nieva entras en una nueva dimensión doblemente emotiva.Lloramos de emoción al ver los copos cuajarse en el suelo y luego lo hacemos al pensar en lo que nos va a costar. Los que vivimos en este lado del mundo, dónde el clima es más bien para pingüinos, estamos inmersos en un mundo con impuesto de lujo. Vivir aquí a diario cuesta diez veces más que al sol. Haciendo un repaso rápido yo diría que hay quinientos euros mensuales de diferencia para una familia que viva con una media de 18 grados y nosotros los del bajo cero y los dos meses de 40 grados.
Los calcetines que llevo en esa fotografía cuestan lo mismo que las sandalias, el esmalte de uñas y la tobillera que llevo en la otra... 17 euros para soportar 5 grados bajo cero debajo de unas botas.
Pero la diferencia es que esto último me sirve cada año mucho tiempo y calcetines tengo que usar varios pares en una temporada con el consiguiente gasto de lavar y reponer. Es es más pequeño detalle, todo lo demás es infinitamente más engorroso y caro: abrigos, bufandas, guantes, pijamas, batas de casa, mantas para el sofá... Y el tema de la ropa es una tonteria vista al lado de la calefacción, mantenimiento del hogar y la comida en este inhóspito terreno. Aquí la ensalada también nos gusta pero necesitamos el cocido garbanzos y las grasas bien saturadas, todo lo que lleve bien de ingredientes y mucha elaboración , que gaste bien de watios al hacerse y mucho fairy para fregarse.
Siempre que nieva siento una sensación de euforia extraña. Me quedo mirando por la ventana todo el tiempo que puedo , sigo la trayectoria de los copos, los quiero ver cada vez más fuertes y mientras más fuerte nieva más tranquila me quedo. Me sucede al contrario que con la lluvia. Nunca le busqué explicación, pero sin quererlo me vienen a la cabeza posibles causas de esta alegría. Cuando era niña recuerdo muchas nevadas y todas tenían consecuencias agradables. Por la mañana no tendríamos que levantarnos tan pronto, no habría colegio (porque los profesores no podrían viajar desde León), nos quedaríamos en casa jugando, luego saldríamos a la calle y patinariamos por La Loma y Las Revillas, nos pondríamos dos pares de calcetines, los guantes, el gorro y el pantalón de esquiar. Recuerdo la hora de llegar a casa, cuando lo primero que había que hacer es dar la vuelta al forro de las botas y ponerlo cerca de la cocina para que secasen, si al día siguiente todavía estaban húmedas lo que quedaba eran las botas de agua con triple par de calcetines y forro de plástico por si era poco. Ese rato de despojarme de la mojadura que tanto había disfrutado era especial: el pijama caliente, la bolsa de agua, la sopa de ajo que me encantaba cenar con mi abuelo. Lo que me duraba la ilusión era mientras estaba nevando y el primer y segundo día después. Esos días todo se detenía. Lo blanco inundaba todo también de alegría, mi impresión es que la gente estaba más contenta. Recuerdo sobre todo una nevada: no puedo precisar ahora qué edad , pero supongo , por las fotos que tendría unos 7 años. La tarde empezó a calmarse, dejó de soplar el viento y ya no hacía tanto frío. Aquella fué la única tormenta de nieve que recuerdo, pero fué tan espectacular como la noche que la acompañó de ventisca. Desde la cama no podía más que escuchar el silbido del viento porque la visión de la calle era imposible por la nieve helada que había en la ventana. El paisaje espectacular del dia siguiente no lo podré olvidar nunca. Cuando mi hermana y yo nos despertamos fué porque mi padre nos dijo que salía a ver si podía traer pan. Nosotras nos miramos y no entendimos nada hasta que subimos la persiana con gran dificultad y nos encontramos la imagen de la calle sin coches, sin orillas, sin nada de nada, solo había nieve. Nieve y un caminito que los hombres del Barrio del Pilar, entre ellos mi padre, estaban haciendo hacía la Plaza en busca de pan, leche... Nunca más vi nevar tantísimo en Boñar, todos los inviernos nieva pero cada vez menos, aún así la siempre me provoca alegría , emoción y nostalgia.