martes, 12 de agosto de 2014

46 AGOSTOS Y SUENA EL TIMBRE LO MISMO

No han cambiado tanto las cosas, ni los verdes, ni el color de las nubes sobre el Pico Cueto o la forma de soplar del aire de agosto. Sigue habiendo ranas en la charca de las Revillas, caracoles en medio de la carretera después de llover, por la tarde cantan los grillos y a la noche planean los murciélagos.

No ha variado la ilusión de cumplir años, la forma de soplar las velas y por más que se inventen coberturas imitando poliuretano de colores, al final tampoco varía la tarta más triunfadora de todas: la de casa de cada uno (y más desde que se dejó de fabricar la de los Nicanores, en el despacho que hoy ocupa la Praillona).

Y por extraño que suene ,y prodigioso, (en estos tiempos que es más fácil que el común de los mortales tenga entre whatsapp, facebook, twitter y teléfono, como mil reclamos por cada timbrazo real en la puerta de su casa), a nosotros nos ha sonado el timbre dos dias seguidos, el primero unas quinceañeras para ver si podríamos solventar un problemilla con su bicicleta, al día siguiente para dejarnos unos bombones por la ayuda. En este tiempo de ni favor, ni gracias, ni siquiera te miro a la cara, se me caen casi las lágrimas de agradecimiento por que ocurran estas cosas; este mundo que ha convertido la palabra compartir en un estado cibernético y amigo en una pieza de colección para subir en número a lo mejor se está aburriendo ya de tanta mentira a tiempo completo.

Tampoco había cambiado todo tanto en estos 46 agostos, al menos en esencia. Era "un por fuera". El próximo día doce de agosto también habrá esas florecillas a la orilla de la carretera de Adrados y las tardes serán de chaqueta; lo que tienen estas alturas es que lo mismo que sopla el viento más otras cosas también se notan menos.



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